viernes, 19 de marzo de 2010

Sangre Nuestra - Carlos Pérez Merinero (Terror)



¿Qué hacen tres críos cuando no hay colegio, en los largos días de la Semana Santa? ¿Y si además la casa entera es para ellos solos y pueden vivir y jugar sin la presencia de los adultos? Sin embargo, a Diego, Anita y Tomás les cuesta trabajo levantarse de la cama cada mañana pues ellos mismos han convertido el sótano en un mausoleo. Allí abajo se corrompen los restos de personas cuyas vidas y muertes no serán ajenas a las pesadillas de estas criaturas inocentes. Una inocencia de la que ni ellos mismos están seguros.

"Su literatura es cruel, salvaje, borde, cutre, totalmente amoral, se lee de un tirón, te deja las tripas encogidas y el ánimo helado. Nada recomendable para espíritus finos y amantes de la exquisitez" (ABC)

"El autor, desde la primera página, reproduce con éxito el monólogo del héroe, imitando miméticamente su forma de hablar, llena de elipsis, digresiones y repeticiones, con un argot caótico, inculto y desbordante de variantes" (Albert Buschmann)

"La violencia de Carlos Pérez Merinero es tan vasta que se le podría considerar un sociópata; eso sí, un sociópata dotado del más canalla sentido del humor" (Prótesis)

"Merinero traduce el modelo de los desequilibrados personajes de Jim Thompson" (Salvador Vázquez de Parga)


capitulo 1:

Hoy hemos soñado que habían acabado con nuestros
sueños. Como tantas otras veces, los tres sabemos que
los sueños de esta noche han sido los mismos para todos.
Pero ya no lo hablamos entre nosotros. Para qué. Lo sabemos,
y eso nos basta para sentirnos cada vez más unidos.
Falta nos va a hacer estar hechos una piña si los sueños de
esta noche —las pesadillas, a qué andarse por las ramas— se
convierten en realidad. Pero mejor no asustarse antes de
tiempo, y esperar a que lo que tenga que venir venga.
Desde que a mamá le pasó lo que le pasó, los tres
dormimos en la misma habitación. No queremos reconocer
que es por miedo a estar cada uno solo en su cuarto, y
ese es otro tema del que no hablamos.
Antes no era así; no teníamos secretos entre nosotros.
Pero ahora, sin saber muy bien por qué, nos miramos de
refilón, vigilándonos, como si en vez de hermanos fuésemos
enemigos que se la tienen jurada. Los tres disimulamos,
tratando de convencernos de que todo sigue igual
y de que... Pero igual a qué. ¿A la felicidad del pasado, que
ahora nos inventamos?
Somos niños, pero tenemos ojos en la cara para ver lo
que hay que ver. Y entonces, cuando creíamos que existía,
puede que esa felicidad de antes no fuera más que un
espejismo, un engañabobos en el que nosotros caímos
como tontos. Los tontos que éramos y que quién sabe si
algún día dejaremos de ser.
Así que de felicidad, mejor no hablar. Lo teníamos todo
—así, al menos, lo creíamos, en nuestra inocencia—, pero
al final ha resultado que no teníamos nada. O, peor aún,
menos que nada. Lo poco o mucho que teníamos se ha ido
como vino —otro misterio en el que seguro que no
conviene hurgar: por qué las personas y las cosas vienen
a nosotros sin previo aviso, y luego de haber estado un
tiempo con nosotros, se marchan sin despedirse—; sí, lo
poco o mucho que teníamos en ese pasado tan cercano,
pero que ahora a nosotros nos parece tan remoto, se ha
evaporado, y ya solo nos queda el presente. En el futuro no
queremos ni pensar.
Alguien podría decir de nosotros que somos avestruces
que, al menor problema, esconden la cabeza bajo tierra.
Pero aquí querríamos ver a esos valientes que disfrutan
viendo los toros desde la barrera. ¿Qué harían ellos? Que
nos lo digan, a ver si nos sirve el consejo.
Ganas de desbarrar y de hacernos ilusiones. Pero para
nuestra suerte o nuestra desgracia, ya no es tiempo de
ilusiones. A pesar de nuestra edad —o quizá por ello—,
hemos aprendido en carne propia, marcándonos esa carne
con un hierro ardiendo, como hacen en las películas del
Oeste, que las ilusiones casi nunca se cumplen y que el
hierro con el que nos han marcado es más real que los
sueños con final feliz, que se ocultan burlones, riéndose de
nuestra inocencia, tras las ilusiones que, pobres de noso11
tros, habíamos tejido, como los soñadores que alguna vez
fuimos y que quizá no debimos ser nunca.
Se conoce un poco de felicidad, y los incautos como
nosotros piensan que esa felicidad va a durar siempre. Y
dura siempre, sí, pero hecha añicos. Como los sueños que
se transforman en pesadillas. Igual. Te cogen del cuello y
aprietan hasta ahogarte.
Sea como sea, no hay noche que no soñemos. Por lo
general, los tres las mismas historias; historias cuyas
imágenes —bien claras, despojadas de la bruma y la
oscuridad tan presentes en las películas de terror que los
majaderos de nuestros padres no nos dejaban ver— no
nos abandonarán en todo el día. Un día que será una
prolongación de la noche.
En eso, aunque no lo hablemos, como si no conviniese
tentar al diablo, también estamos de acuerdo. Los días
—si es que alguna vez los hubo— se acabaron y ya solo
queda la noche.
Tratamos de engañarnos a nosotros mismos, pero sabemos
que es un trabajo en el que vamos a perder unas
energías que no nos sobran. Las pesadillas están ahí, al
acecho, deseando meternos en el cuerpo su veneno.
Y luego ya solo queda contemplar impotentes cómo
disfrutan de su fiesta y arrebujarse en las mantas para que
los escalofríos no nos hagan creer que estamos en un mar
de hielo. Un mar en el que tantas y tantas noches nos
gustaría sumergirnos muy a fondo para comprobar si
también allí veremos lo que no tenemos que ver: ese
infierno al que siempre acabamos llegando, cojamos la
ruta que cojamos.
Es muy tarde —la luz del nuevo día entra mortecina por
la ventana—, pero ninguno de nosotros hace intención de
levantarse. Tenemos la excusa de que nadie nos espera
más allá de las paredes de esta casa, que hemos convertido
en nuestro... Íbamos a decir «refugio». Pero qué clase de
refugio es ese en el que lo menos que estamos es seguros.
No, no nos levantamos. Tenemos los ojos abiertos como
los búhos, pero no dormimos como ellos, que tienen la
habilidad no solo de dormir con los ojos abiertos, sino que
encima sueñan con cosas bonitas.
¡Qué suerte la de los búhos! Soñar cosas bonitas, nada
menos. ¿Desde cuándo no soñamos nosotros algo que
suene, aunque sea de lejos, o en sordina, qué más da, con
algo parecido? Tenemos los ojos abiertos como los búhos,
pero solo pensamos en lo que no deberíamos pensar.
¿Y qué culpa tenemos nosotros de no ser búhos y de que
las pesadillas, crecidas, nos tengan comido el terreno? El
terreno y, lo que no sabemos si es peor, la moral. «Moral
de combate» es lo que suelen imbuirles los jefes a sus
soldados en esas películas de guerra que tanto nos gustan.
Y los soldados van y se lo creen, convencidísimos de lo que
han hecho, de lo que están haciendo y de lo que van a hacer.
Todo lo contrario que nosotros. Con la moral por los
suelos, y sin saber qué hacer o por dónde tirar. Ver pasar
los días parece que es el único futuro que nos queda, y por
eso cada vez nos quedamos más horas en esta casa. La casa
en la que hemos vivido desde siempre, desde que éramos
bebés, y que, mal que nos pese, se ha convertido en nuestra
cárcel. Nadie nos ha obligado, ha sido una elección nuestra,
pero esto no quita para que sea una cárcel. Una cárcel
sin guardianes, porque, bien mirado, no hacen falta. Nosotros
somos nuestros propios guardianes, y a menudo
nos torturamos a nosotros mismos con más escarnio de lo
que lo harían unos profesionales que se ganan la vida
haciéndole putadas a los demás.
Nos miramos, pero ninguno de los tres hace intención
de levantarse, para animar así a los otros. Se ve que los
ánimos escasean en esta tropa que, si alguien no lo
remedia, va a salir al combate diario con la sensación, tan
repetida, de que las victorias son siempre de los otros,
que o tienen más suerte —dichosa suerte— o pelean más
por ellas.
Pero ¿es que acaso nosotros no hemos peleado ya
bastante? Si contáramos las semanas que hemos estado
aquí enclaustrados, pisando la calle lo menos posible, nos
saldrían un montón de horas. Una hora, dos horas, otra
hora..., y así, contando, podríamos seguir como el que
cuenta ovejitas para dormir. Quién no lo ha intentado;
nosotros, también. Pero se ve que las ovejitas se han
encariñado de nosotros, y no se van por mucho que
hayamos contado y que tengamos rebaños como para dar
trabajo al matadero durante una buena temporada.
No, no dormimos a pierna suelta como lo hacíamos
antes. ¿Es esta la primera vez que aparece la palabra
«antes» o se ha colado ya para que no nos olvidemos, a
base de repetírnoslo, de que en efecto hubo ese antes, tan
distinto al ahora que estamos viviendo?
¿Tan distinto? Aquí y ahora, no sabemos qué pensar.
Nos pilla tan lejos ese antes que lo más probable es que en
los días de fuerte abatimiento nos lo saquemos de la
manga para autoengañarnos pensando que alguna vez
hubo para nosotros un pasado idílico.
Pero no, cada día nos volvemos más realistas —o más
cínicos, por qué no reconocerlo— y regresamos menos a
ese pasado que creíamos feliz. Un pasado todo lo idílico o
todo lo sombrío que se quiera, pero que ya solo es eso:
pasado.
El presente sigue estando ocupado por los tres en la
cama, sin ganas o sin fuerzas para levantarnos. En nosotros
continúa tan vivo como los corazones que palpitan en
nuestros pechos lo que hemos soñado esta noche.
Hay sueños que se olvidan y otros que no. Los primeros
se han volatilizado, y no los recordamos. Pero a pesar de
eso, nos aferramos a la idea de que disfrutamos de ellos
mientras dormíamos. La pena es que una vez despiertos,
y por mucho que intentemos recuperarlos, se han separado
de nosotros para siempre.
Pero, ay, los otros los recordamos. Nada de alegres días
en ellos, solo tinieblas. Tinieblas que pueden verse y
palparse, tinieblas que se nos meten dentro para hacernos
todo el daño que quieren.
Y lo peor es que no hay defensa posible contra ese
ataque; un ataque sin tregua ni piedad, con el que no
parece haber otra salida que someterse. Nunca hemos
presumido de valientes, pero tirar la toalla al poco de
iniciarse el combate, hay que reconocer que tiene más
de ser un gallina pusilánime que de un gladiador que
salta a la arena dispuesto a comerse todo lo que se le
ponga por delante.
¿Incluidos los fantasmas? Es la duda que tenemos.
¿Cómo se lucha contra los fantasmas, sobre todo si son
fantasmas de un pasado que no existe?
¿Que no existe? ¡Claro que existe! Lo negamos una y
otra vez, pero nosotros mismos sabemos —si es que
sabemos algo— que cerrar los ojos y escurrir el bulto no
conduce a nada; únicamente a la soledad. La soledad de
tres náufragos a la deriva, para los que no existe tierra a
la vista —y menos aún la de promisión—, pero que tienen
que seguir remando hasta el fin de los tiempos, sin más
sentido que el de justificar unas vidas que dejaron de tener
valor puede que hace ya mucho tiempo.
Los de monedas falsas, esos son los personajes que nos
ha tocado representar. Estos papeles nos vienen largos.
Todos los papeles con un poco de protagonismo nos
superan; únicamente servimos para dar la réplica y huir
del escenario con piernas temblonas hasta un camerino
donde nadie nos vea, solo nosotros. Y allí, plantados
frente al espejo, intentar quitarnos el maquillaje de
nuestros miedos.
Fantasmas asustados, esa es la imagen que vemos en el
espejo: tres fantasmas asustados, que a los demás darán
pena, cuando no risa, pero que para nosotros es la imagen
que nos devuelve a una realidad que no queremos asumir.
La de ser, sí, unos fantasmas, fuera del tiempo y del
espacio, a los que la realidad de sí mismos en el espejo va
triturando hasta convertirlos en nada.
Una nada, ahora sí feliz, pero que dura poco. Un truco
de magia cuyo secreto somos incapaces de descubrir. ¡Qué
bien se está en la nada! Allí no hay, su propio nombre lo
indica, nada. Ni siquiera espejos, ni sueños, ni fantasmas...
Únicamente eso: nada.
Pero ¿cómo agarramos la nada para que se quede
siempre con nosotros? Otra cosa que no sabemos. ¡Y van
tantas ya! Solo de pensar en lo que nos espera, nos
estremecemos los tres. Sí, nos estremecemos literalmente
y en todos los sentidos. Dan ganas de romper el espejo y
quedarnos con la nada bienhechora que, por lo menos, no
nos hará más desgraciados de lo que ya somos.
Huimos del espejo, pero este nos ha dejado algo peor: un
espejismo. El de que todavía hay esperanza para nosotros,
aunque solo sea conviviendo con esa nada que no existe
más que en nuestros sueños.
No tenemos ningún reloj a la vista, y no sabemos la
hora que es. El nuevo día ha empezado a envejecer, pero no
nos levantamos. Llevamos ni se sabe el tiempo despiertos,
pero no, no nos levantamos. Y no es por el placer de
quedarnos un ratito más en la cama, hoy que podemos,
puesto que no hay colegio. No, qué más quisiéramos. Si
no nos levantamos es porque sentimos pánico. El pánico
a no saber qué hacer un día más.
Tenemos pavor —nadie nos podrá acusar de no reconocerlo—,
sí, tenemos pavor a asomarnos a la realidad. La
que está fuera de casa, pero sobre todo la que se encuentra
dentro, en todas y cada una de las habitaciones, por no
mentar el sótano.
Nos revolvemos en las camas al aparecer la palabra
«sótano», bien sincronizada en nuestros cerebros. Y con
ella, la imagen de mamá allí sola, abandonada por todos;
nosotros, los primeros.
De pronto, el silencio en el que nos movemos tan a
disgusto —¿o tan a gusto?; convertidos ya, a nuestros
años, en masoquistas prematuros— se ve roto por la voz
quebrada y apenas audible de Tomás, todavía no repuesto
de la noche que hemos malvivido.
—¿Hoy no desayunamos?
Los otros dos no decimos nada. ¿Qué podemos decir? Es
una pregunta tan cotidiana que, en las actuales circunstancias,
no tenemos respuesta para ella. Tanto y tan lejos
nos hemos ido con nuestros pensamientos que eso de
desayunar nos parece un disparate.
Tomás no insiste y Anita, su gemela, toma el relevo.
Con el mismo tono de voz que Tomás —en ella, si cabe,
más cavernoso, más de ultratumba—, dice, al tiempo que
se incorpora y se recuesta en el cabezal de la cama:
—Yo no tengo ganas.
Tomás la mira, incrédulo. Se supone que deben coincidir
en todo.
—¿Por qué? —le pregunta.
—Antes de desayunar, quiero ir al sótano.
Diego, el mayor, no quiere jugar a dar vida a un
convidado de piedra y también pone de su parte.
—¿Al sótano? —exclama—. ¿Para qué?
Anita no responde directamente, sino que da un
rodeo. Es una táctica en la que cada día nos movemos
mejor los tres. Mostrarnos esquivos, huidizos, se va
convirtiendo poco a poco en una de nuestras señas de
identidad.
Apenas si salimos de casa —al colegio, a la compra, y
pare usted de contar—, y este comportamiento de precoces
misántropos, a pesar de lo unidos que estamos,
provoca que sintamos que nos estamos distanciando.
Ojalá que no sea así y que solo se trate de una falsa
alarma. Somos lo único que tenemos: nosotros mismos.
No, Anita no responde directamente a la pregunta de
Diego. Se encoge de hombros y su rodeo —pequeño,
inocente, nada perverso— consiste en decirnos:
—Hace tiempo que no bajamos.
—¿Y...?
Anita le sostiene la mirada a Diego, pero calla. El
silencio es de nuevo el que manda en la habitación. Los
tres nos miramos sin saber cómo romperlo, y así pasamos
un buen rato hasta que Anita se decide a hablar. Repite:
—Hace tiempo que no bajamos.
Su voz se ha teñido de tristeza, o eso nos parece, y
tememos que se eche a llorar. Sería lo que nos faltaba;
empezar a convertirnos en una cuadrilla de llorones.
El tiempo ya no es tiempo, sino eternidad, y el silencio
—a veces, tan grato— resuena en nuestras cabezas, como
si las estuvieran castigando con un martillo.
Cuando Tomás se aclara la voz —esa voz tenue, pero
chirriante, de eunuco—, las miradas, nuestras miradas, se
dirigen expectantes hacia él.
—Esta noche he soñado con mamá —dice.
—¿Y quién no?
Lo hemos soltado al unísono, y esto provoca que Tomás
nos recuerde algo que aprendimos de chicos.
—Hoy ya no os morís. Si dos dicen las mismas cosas al
mismo tiempo, ese día no se mueren.
Reímos, y Tomás, al ver nuestra complicidad, de la que
se siente excluido, asegura, despectivo:
—Bah. Cuentos de viejas.
Pero a nosotros no nos importan sus palabras, y reímos.
Tiene celos de nuestras risas, ausentes de la casa durante
tanto tiempo, y eso se le nota.
¡Tanto tiempo! Sí, tanto tiempo; ese tiempo que nos
está costando rehuir, de tan terco como se está poniendo.
A un día sigue otro, y otro... —cómo no insistir en esto, si
tenemos el tiempo metido en el cuerpo como si fuera el
diablo—, y nosotros, cada vez peor. Sin el menor control
sobre él, nos domina como a marionetas.
Somos conscientes de ello, pero el hecho de serlo no nos
consuela. El único consuelo para nosotros sería el olvido,
pero hay cosas, como la muerte y el olvido, que no se
avienen bien. «La muerte y el olvido», bonito tema para
el que le gusten los temas bonitos. Debe de haber más de
un libro sobre eso. Nosotros, de haberlos, no los hemos
leído. Nunca hemos tenido el vicio ese, tan sin gracia, de
los libros.
Quién, a nuestra edad, lee un libro sobre la muerte.
Seguro que nadie. Habría que ser muy morboso para ello,
y no es tan fácil ser morboso, como algunos se imaginan.
La muerte, o se vive o no es más que un entretenimiento
para hablar —de puntillas, eso sí— y pasar el rato.
¡Hay tantas formas de pasar el rato! Para que después
algunos digan que se aburren. Nosotros no. Si a veces
ponemos cara de aburridos es para disimular. Pero aburrirnos,
no nos aburrimos nunca. Ni siquiera ahora, en la
cama, mientras pensamos en nuestras cosas.
Tomás, huraño, no se da por vencido y, al cabo de unas
horas que solo han durado un momento, vuelve a lo suyo.
—Esta noche he soñado con mamá.
Lo curioso es que sus palabras le sorprenden, como si no
hubiera tenido el menor control sobre ellas. No parece
sino que un ventrílocuo le estuviera dictando lo que tiene
que decir.
Tomás no tarda en reaccionar y, sobreponiéndose a la
inquietud y a la ansiedad que le han entrado de pronto, nos
mira para darnos a entender que lo tiene todo controlado.
Pero como ni él mismo se lo cree, tiene que huir hacia
adelante para convencernos —y convencerse a sí mismo,
de camino— de que no ha soñado lo que no debía.
—¿Queréis que os cuente el sueño? —pregunta.
Nos imaginamos de sobra de qué va el asunto, pero
asentimos. Ver temblar a alguien de miedo, aunque sea un
hermano, es algo que no se paga con dinero. Dirán los
moralistas que es sadismo, pero no. Son solo ganas de
poner a cada cual en su sitio.
O no ha visto nuestros movimientos afirmativos de
cabeza, dándole la venia, o no sabe cómo empezar. Doble
contra sencillo a que es esto último.
Carraspea, como si esto pudiera aclararle las ideas, pero
ni por esas.
—Adelante.
Reímos porque lo hemos dicho al mismo tiempo, y
Anita mira a su hermano gemelo —una vez más, excluido—
con algo que se parece mucho a la compasión.
—¿A qué esperas? —le apremia, un tanto despectiva.
Pero Tomás, antes de empezar a hablar, se levanta de la
cama y se dirige a la ventana. Su imagen es cuando menos
patética; sí, da pena. Como va, descalzo y en calzoncillos,
pierde mucho. No es un dandy, pero le gusta ir siempre
bien vestido. En eso, mamá le animaba. Solía decir que ya
había demasiados adanes en la casa. Ángel, nuestro padre,
si estaba de humor, no pasaba la ocasión de replicarle:
—Tú tráeme una buena Eva, y verás qué bien hago el
Adán con ella.
No sabemos si Lourdes, su amante, ha llegado a ser una
Eva para él, pero lo cierto es que tres son multitud y mamá
fue expulsada del paraíso. Si es que esta casa fue alguna
vez el paraíso, asunto sobre el que tenemos alguna que
otra duda.
Nuestro padre llegaba incluso a burlarse de Tomás, a
costa de su manía de ir siempre hecho un pincel. Hasta
para hacer un recado en el barrio, se acicalaba como para
ir a una fiesta. Fiestas a las que nunca acudía porque nunca
nadie le invitaba.
21
Anita, sí. Ella sí era popular en el colegio y siempre
venía todo el mundo cuando celebraba su cumpleaños.
Tomás también cumplía años ese día y se le notaba la
envidia. Anita le pedía que se quedara con sus invitados y
que los dos soplaran la tarta, pero Tomás corría a su cuarto
y lloraba.
Viéndolo ahora, descalzo y en calzoncillos, mirando no
sabemos qué por la ventana, nos preguntamos qué futuro
le espera. Es todavía muy niño —y, sobre todo, muy
frágil—, y sus esfuerzos por disimular su condición de
víctima le hacen aparecer aún más vulnerable. O más
cabrón, en algunas ocasiones, que todo hay que decirlo.
La carne se le ha puesto de gallina y se frota los brazos
para entrar en calor. Inspira fuerte, dándose ánimos, y
dejando la ventana, nos encara.
—Sí, he soñado con mamá. Salía del sótano y subía a
vernos. No parecía una muerta. —Y añade con vehemencia—:
No, no parecía una muerta; era ella. Mamá.
Nos mira, como si esperara que le dijéramos o le
preguntáramos algo, pero nosotros permanecemos callados
como... «Como muertos», es lo que suele decirse, y no
seremos nosotros quienes cambiemos el idioma.
Viendo que no le queda más remedio que continuar,
pone sus ojos fijos en Anita, como si la retara a llamarle
cobarde, y prosigue con lo que pensaba decir.
—Nos reunió a los tres y empezó por sonreírnos. Su
sonrisa no fue muy convincente ni para ella ni para
nosotros. Se notaba a la legua que quería engañarnos
como cuando éramos críos y nos engatusaba prometiéndonos
regalos si hacíamos o no hacíamos esto o lo otro.
Que si teníamos que levantarnos más temprano, que si
había que hacer los deberes... Os acordáis, ¿verdad?
No espera a que contestemos; tampoco nosotros tenemos
la menor intención de hacerlo. Es una de esas
preguntas que llaman retóricas, en las que el «sí» o el
«no» se hallan establecidos de antemano. ¡Cómo no nos
vamos a acordar!
Tomás hace una pausa para mirar de nuevo por la
ventana. ¿Qué le interesará de lo que hay fuera, sabiendo
como sabemos todos que la calle es tranquila y que apenas
si pasan coches ni peatones? Siempre nos ha parecido la
calle de una ciudad fantasma; nada más, ni nada menos.
Puestos a presumir podemos presumir, si no de otras
cosas, sí, al menos, de esto. De vivir en la calle de una
ciudad fantasma.
Estamos acostumbrados, y no echamos de menos el
bullicio del tráfico ni el trajín de la gente, yendo de aquí
para allá, buscando quién sabe qué o huyendo de algo que
les tortura y que son incapaces de soportar.
Tomás mira por la ventana y se demora en ello todo lo
que quiere y un poco más. Nosotros no le metemos prisa.
Es preferible que se tome su tiempo y se calme; se le nota
excitado, después de haber comenzado a recordar su
sueño. Estornuda, y pensamos decirle que se ponga algo
de ropa, pero no lo hacemos.
Por fin, deja la ventana y se vuelve hacia nosotros,
retomando el hilo de lo que estaba diciendo.
—Nos reunió a los tres y tardó en hablar. Era un silencio
frío, un silencio de muerta. Los muertos están fríos, ¿no?
Pues también su silencio lo era.
Tomás reprime malamente un respingo. Una cosa es el
propósito de dejar de ser cobarde y otra bien distinta
convertirse, de la noche a la mañana, como aquel que dice,
en valiente. Ese valiente que a él le gustaría ser, pero que
nunca será. No llegará a dandy, ni a valiente, ni a...
Únicamente será un fracasado, como los demás. Un fracasado
en calzoncillos, al que, en una prueba de doméstica y
fraternal perversión, nos gustaría fotografiar ahora mismo
para tener un recuerdo.
Pero no hay ninguna cámara a mano y fingimos que le
prestamos atención. Es lo mismo que nosotros hemos
soñado, pero no queremos perdernos su versión.
—Nos miró de uno en uno. Nos examinaba de los pies
a la cabeza, como si no fuésemos sus hijos, sino unos
desconocidos. Sí, nos miraba como a unos desconocidos
que se han colado en su casa. Nos preguntamos para
hacer qué, pero no supimos qué respondernos. Si aquella
era su casa y no la nuestra, qué pintábamos allí. ¿Acaso
se proponía expulsarnos de su lado? Quisimos lanzarle
miradas de desafío para pedirle una explicación, pero no
nos salían. De hecho, ni siquiera conseguimos mantener
nuestros ojos fijos en los suyos. Siempre teníamos que
apartarlos; imposible aguantar el reto en el que nosotros
mismos nos habíamos metido. Comprendimos que estábamos
a su merced y que podría hacer con nosotros lo
que quisiera.
Tomás enmudece y traga saliva. ¡Lo que daría por un
vaso de agua! ¡Lo que daríamos todos por un vaso de
agua! Pero ¿quién va a buscar esos vasos y esa agua?
Nadie. Parecería un traidor más que un samaritano. Un
traidor que huye porque no quiere volver a oír lo que
ya sabe.
—¡Lo que quisiera!
La voz de Tomás se ha elevado de pronto, y más parece
el chillido de un histérico que el tono neutro y distanciado
de un buen narrador.
Nos mira, preguntándonos con su mirada si nos ha
asustado, pero nosotros no decimos nada. Mejor que se
calme. Hace unas muecas cuyo significado se nos escapa,
y ya más tranquilo, prosigue con su historia.
—Sí, lo que quisiera. Los tres nos asustamos mucho y,
aunque procurábamos transmitirnos serenidad, lo único
que hacíamos era aumentar, por contagio, nuestros miedos.
Ella veía el miedo que estábamos pasando, y su
sonrisa se hacía más y más grande. Luego, soltó una
carcajada, seca y como de loca, que no esperábamos, y nos
miró, pidiéndonos que le acompañásemos en sus risas.
Eso, al menos, fue lo que interpretamos en su mirada.
Nosotros, claro, no reímos. No estábamos para risas.
Ahora tampoco. El tiempo de las risas parecía haberse
clausurado y cada vez éramos más conscientes de ello. Ni
siquiera nos hacían gracia los programas de humor de la
televisión, que antes tantas risas provocaban en nosotros;
sobre todo, en Anita y Tomás, los más pequeños.
Tomás se ensimismó de nuevo y no le metimos prisa.
Después de todo, lo que tenía que contarnos nos lo
sabíamos de la «A» a la «Z», y pocas novedades podía
ofrecernos. Su pesadilla de esta noche había sido también
la nuestra y la teníamos más que presente. Pero queríamos
que él nos la contase para que una tercera persona
introdujese una distancia que, con un poco de suerte,
pondría las cosas en su sitio.
Era solo —¿solo?— un sueño, igual a tantos que habíamos
tenido en el pasado e igual asimismo a los que
probablemente tendríamos en el futuro, y cuanto antes
nos hiciésemos a esta idea, mejor nos iría. Fácil de decir,
pero... Los peros eran muchos. El mayor de ellos, si
tendríamos lo que había que tener —entereza, valor,
serenidad..., y a saber cuántas cosas más— para aguantar
el envite y no nos veríamos obligados a retirarnos a la
primera jugada perdida.
Pero ¿de verdad se trataba de un juego? Si así era, no
teníamos claro ni a qué se jugaba ni lo que apostábamos,
si es que nos apostábamos algo.
Qué perderíamos si perdíamos, y valga la repetición de
los perderes. Habíamos perdido ya tanto que nos preguntábamos
en silencio —ese silencio en el que cada día nos
sentíamos, si no más cómodos, sí más protegidos; una
ingenuidad como cualquier otra—, sí, nos preguntábamos
en silencio si estábamos haciendo lo correcto, cualquiera
que fuese el significado de esta palabra: «correcto».
Sonaba bien si uno la pronunciaba en voz alta, pero así, en
silencio, no era más que eso, una palabra, que cuanto más
se rumiaba menos sentido tenía.
No, no estábamos para risas. Ni Tomás, ni nosotros;
nadie. Después de la noche que habíamos pasado, no se
nos ocurría nada que pudiera ayudar a levantarnos el
ánimo. ¿Ver la televisión? ¿Poner un DVD? ¿Salir a
comprar lo poco que necesitábamos?... Nada de esto nos
apetecía.
A Tomás, siempre tan dicharachero, le cuesta volver a la
historia que ya sabemos.
—Pero ¿qué quería? —se pregunta a media voz. Y él
mismo se responde—: Vengarse. Vengarse de nosotros.
De ti, Diego. De ti, Anita. Y de mí, claro. De los tres.
Oír hablar de una venganza protagonizada por una
muerta nos impresiona. Pero ahora no estamos dormidos,
sino despiertos, y esas cosas solo ocurren en los sueños. ¿O
es que estamos todavía dormidos y seguimos metidos en
la pesadilla de la noche?
¿Cuál sería su venganza? Lo sabíamos por los sueños de
los que aún no nos habíamos repuesto, pero una vez más
queríamos que Tomás nos lo contara.
Anita miraba a Tomás, ansiosa por conocer más de esa
historia, que ya sabíamos hasta en el menor de sus
detalles, y que no había que ser un profeta para vaticinar
que nos iba a costar lo indecible arrojarla fuera del
basurero en que se habían convertido nuestras vidas.
Anita llega al límite de su aguante y pide a Tomás:
—¡Sigue! ¡Sigue de una vez!
Tomás sonríe, pidiéndole paciencia, y no podemos por
menos que preguntarnos si no habrá copiado de la muerta
esa sonrisa. Las dos se parecen un montón. «De todo se
aprende», solía decirnos nuestro padre. Visto lo visto,
puede que hasta tuviera razón, aunque fuese por una vez
en su puñetera existencia de cabrón.
Y Tomás sigue, como le había pedido Anita.
—Sacó un cuchillo de su falda y...
Anita, más nerviosa a cada instante que pasa, le interrumpe
para preguntar, como si eso importara algo a estas
alturas del relato:
—¿Y cómo era el cuchillo?
Tomás, molesto por la intervención de la niña, se la
quita de en medio, y la despacha con una respuesta
tautológica.
—¿Qué cómo era el cuchillo? Pues un cuchillo.
Anita no se muestra muy satisfecha con la salida de
Tomás, pero calla. Está más que verificado por la ciencia
que en esta familia o se calla uno, o se muere o lo matan.
Y si no, al tiempo.
Son ganas de incordiar. Anita, después de todo, sabe cómo
era el cuchillo. Lo vio esta noche en sueños y lo tiene más
que clavado en su cerebro. Pero, ay, los caprichos de las
mujeres son los caprichos de las mujeres, ya que de tautologías
hablamos, y quiere oírselo contar a Tomás, por si a
ella se le ha olvidado algún detalle.
—Sacó un cuchillo de su falda y...
Con unas cosas y otras, el papel de narrador se le ha
subido a la cabeza, y Tomás mira a su hermana gemela,
retándola a que le interrumpa de nuevo. Anita, a veces
tan lanzada, no dice nada y Tomás, pavoneándose, va al
grano.
—Sacó un cuchillo de su falda y lo puso a un palmo de
nuestras narices, para que lo viéramos bien visto. Era un
cuchillo de cocina, de nuestra cocina, y la verdad es que
imponía. ¿O es que no lo visteis?
Anita aparta la mirada para no sufrir el castigo de los
ojos de Tomás clavados en ella.
—Luego —dice Tomás, controlando las ganas de vomitar
el desayuno que aún no habíamos tomado—, mamá,
o lo que fuera aquello, trató de hacerse un corte con el
cuchillo. Pero como estaba muerta, no brotó ni una gota
de sangre. Los muertos, de todos es sabido, no sangran.
Y dice esto último con tono apesadumbrado, como si
sintiese muy de veras que la sangre no hubiera salido a
borbotones de la herida; una herida que, según él —y
conste que estamos de acuerdo— nos hacía más daño a
nosotros que a ella. Estábamos vivos y todavía teníamos
capacidad de sufrir.
—«Pero corta, no os creáis. Más a los vivos que a los
muertos, pero cortar, corta», nos dijo mamá, sin dejar de
sonreír. Y añadió: «A ver, un voluntario». Los tres nos
miramos con algo que si no era terror, era aprensión, y
ella repitió con un retintín que hizo que se nos pusieran
los pelos de punta: «A ver, un voluntario. He pedido un
voluntario». Nadie dio un paso al frente, y eso la
encorajinó.
Tomás hace una pausa para reponerse de lo mucho que
le está costando reproducir su sueño —nuestro sueño—, y
después nos pregunta, sin acabar de tenerlas todas consigo:
—¿Hicimos bien en no ofrecernos como voluntarios?
Tomás nos mira, repentinamente desinflado, y no sabemos
qué respuesta —o qué consuelo— darle. Esto nos
sume a los tres en un nuevo silencio. Lo preferimos a
revivir otra vez el sueño.
Tomás se sienta en la cama, dando muestras de cansancio;
un cansancio que también a nosotros nos inutiliza
para adoptar decisiones. ¿Por qué no salimos de una vez
de esta habitación que se está convirtiendo en nuestra
cárcel?
No es un descubrimiento de ahora, no. Hace tiempo que
lo sabemos. Pero ¿qué más da este cuarto que el salón o la
cocina, si todo forma parte de la prisión a la que nosotros
mismos nos hemos condenado?
Si hemos sido o no jueces severos, eso el tiempo lo dirá.
El tiempo, el tiempo... Pero ¿acaso habla el tiempo? ¿O es
un mudo compulsivo, que para reírse de nosotros nos hace
creer que aún hay esperanza? Y eso, sin decir esta boca es
mía, que tiene su mérito. Eso es el tiempo, no nos hagamos
ilusiones. Un abanderado del silencio; eso es lo que es el
tiempo. ¿Cuántos seremos ya los que hemos caído en sus
redes? Imposible saberlo.
Aquí lo único cierto es que seguimos revolcándonos en
el fango de ese silencio que, a nosotros, a diferencia del
tiempo, no nos servirá para chotearnos de los demás y
pasar así un rato divertido.
Habrá quien diga —siempre hay gente que dice cosas;
gente para la que obviamente no se ha inventado el
silencio— que eso de revolcarse en el fango es resignarse,
no afrontar los problemas, mirar para otro lado, en suma.
En nuestra piel querríamos verlos. No parlotearían tanto,
ni darían consejos que nadie —y menos que nadie, nosotros—
les ha pedido.
Pero ¿cómo apechugar con la hostilidad que nos
rodea si no es resignándose? Es lo que suele hacer la
gente normal, y lo que te enseñan desde niño. Hay que
tragar, tragar y tragar. Y si, por lo que sea, no eres un
tragón —no confundir con «cabrón», como lo es nuestro
padre—, entonces empiezas a coger fama de raro, y
ya está liada.
«¡Mira que sois raros!», solía decirnos mamá, viniera o
no a cuento. Era una de sus frases favoritas. Esa y «No
valéis para nada. Sois unos inútiles». Sí, unos inútiles,
hijos de puta. Pero esto último se lo callaba.
A veces, más a menudo de lo que nos hubiera gustado,
eso de ser a la vez unos raros y unos inútiles nos halagaba.
No todo el mundo puede presumir de ser un raro inútil o
un inútil raro.
Pero, que conste, nunca presumimos ante los demás
de eso ni de nada. Para presumir ya están los presumidos.
Y esos, mira por dónde, no faltan. Y si, encima,
presumen de normales, entonces mejor salir por piernas.
Son los peores.
¡Ay, la normalidad! ¡Quién la pillara! No sabemos
realmente qué es esto de la normalidad, pero hay momentos
en que la deseamos con tanto apasionamiento
que no parece sino que nos fuera la vida en ello. La vida.
¿Qué vida?
Mejor no seguir haciéndonos preguntas como esta,
cuya respuesta, por muchas vueltas que le demos, se nos
escapa. Como se nos ha escapado antes tantas veces. Lo
que hay que hacer, nos repetimos hasta el fastidio del
hastío, es pisar tierra e intentar que la normalidad —de
nuevo la normalidad, planeando incansable sobre nosotros,
díscolos a los que no se puede domesticar sino a base
de muertos, cuchillos y sueños—, sí, intentar que la
normalidad se apiade de nosotros.
Los tres, sin darnos cuenta, hemos convergido en la
ventana y miramos —cómo no, en silencio— lo que hay
fuera. Un sol mezquino, árboles acariciados sin cariño por
el viento..., y poco más. Ninguna figura humana, ningún
fantasma. Sí, solo la nada. Una nada que llena poco, pero
que es la única que hay.
Nos separamos de la ventana y, mientras nos vestimos,
Tomás vuelve a la carga. Exangüe y sin voz, pero vuelve
a la carga. ¿Es que quiere dejar de ser un cobarde y, de la
noche a la mañana —nunca mejor dicho—, convertirse en
la caricatura de un héroe? ¡Para heroicidades estamos!
Pero no, no se rinde. Su sueño —nuestro sueño— no ha
alcanzado la palabra «Fin» y hay que rematarlo para que
todo quede como es debido.
—Hicimos mal —empieza diciendo—. Era nuestra
madre. Estaba muerta, sí, pero era nuestra madre. No la
queríamos, pero era nuestra madre. Y nosotros, sus hijos.
Es solo un cúmulo de obviedades, pero lo preferimos al
terco y taciturno silencio de antes. Parece que va a recaer
en él; afortunadamente no es así. Tras una brevísima
pausa que él mismo logra quitarse de encima, balbucea.



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